Hay un cantante argentino, que entre verso y verso comía una gamba. No, no es Calamaro. De hecho me lo acabo de inventar. Andrés Calamaro es ese tipo de letrista de música entre folk y rock- entendiendo siempre lo folklórico como popular y tradicional- que lleva a la mente una nómada función asocial por encima de los prefabricados desmelenes preadolescentes. Cuesta creer que un hombre que, supuestamente viaja por todo el mundo deleitando al mundo en su propio territorio- que marca al son de música al estilo de la meada lobuna- gaste esa panza de acomodado compositor del barroco; véase Bach.
A pesar de los empates producidos, ha acabado triunfando la opción Porque total, sólo sale su cara en las portadas. ¿Y no podría ser que, como se ha introducido en unas dimensiones poco clásicas ha decidido sólo sacar su cara en el anverso del libreto? Una opción inexistente.
Los de las opciones restantes aceptan su condición de escasamente estilizado con unas razones un tanto particulares. ¿Quiere Calamaro ocupar el doble que Bob Dylan? Por todos los cielos. ¿Es lo que hoy en día se lleva, tronco? Tendré que salir más a menudo a la calle a enterarme de las nuevas tendencias, el último grito en estilo: venga carnes sin talento.
Fotografía: caras no censurables del afamado andasuelos argentino.
C.