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viernes, 7 de noviembre de 2008

Piezas de un juego

Dicen que un hombre construía una casa tan grande que supo que todos le envidiarían por ello. Eran de ladrillo las paredes y los tejados de pizarra, una chimenea se alzaba en una esquina y sacaba grandes bocanadas de humo negro, calentaba la casa y a los niños recogidos en torno al hogar. La mirarían desde lejos con los ojos entornados todos los habitantes de la provincia, desde los viejos caminos arañados en la tierra, nubes de polvo estivales, enredaderos lodazales para el otoño, y tan siquiera habían cavado los cimientos. Ni estaba todavía.

El amor y el olor de sus pisadas podían ser tal vez sinónimos. El ardor y la virtud al que empujaban sus ojos, su candor. No era un ser mundano y cruel de esos que a veces hacen sentir vergüenza de uno mismo. Marcaba las baldosas al pasar y tan sólo pasaba para desaparecer. Se esfumaba el sueño y mi etérea realidad de polvo. Incluso cuando saludaba, quedaba mudo el todo, todo quieto, todo. Era tan delicioso disfrutar de su existencia sin interferir en ella, sin añadir una mancha a la inmaculada perfección de mi diosa.

Qué difícil ser padre, saber lo que hacer cuando se aleja su vida, desligada y ajena ya para siempre, como la de un desconocido que cruza y cuya cara te suena pero no aciertas a recordar por qué. Entonces es cuando peleas en una lucha en la que ni siquera hay dos púgiles. Golpes por todas partes, arañazos y destrucción al intentar hacer con una dolorosa justicia el bálsamo para el ataque invisible del veneno del tiempo. Hay que saber que las cosas que has creado no te pertenecen ni son tú, sino que necesitan de la libertad que el amor mismo que les dio alas las haga volar. Por supuesto es más difícil hacerlo que decirlo. Decir ya no cuesta nada.

Después de toda una vida, casi no ha pasado nada desde que se levantó todo lo que consideras tuyo. Veamos la blanca ciudad entre las montañas, con una pequeña fuente bajo el rocío de una leve y fina cascada de agua cristalina. Son esos momentos en los que te das cuenta de que toda lucha, toda razón y la pasión que te guió antes para lograr tus victorias quedó atrás. Lo que quieres es lo que tienes, y lo amas de una forma enferma y plenamente dependiente, como un cocainómano. Te darás cuenta de que todo indica que te equivocas, que vas a perder la enorme obra de tu vida, pero no querrás tener fuerzas para impedirlo y te hundirás con tu ciudad y todo el futuro de la gente que creía y confiaba en tu criterio. Como yo.

Pero para eso hay tiempo. Es muy fácil decir. Decir ya no cuesta nada.
C.

miércoles, 29 de octubre de 2008

El nacimiento de todo conocimiento

Lejos de todas las fruslerías cacofónicas, de los sonidos y del presente. Más allá. Se encuentra quizá el nacimiento, si es que es prudente ponerle fecha, de los inicios del raciocinio, del pensamiento algo más riguroso, de lo que entonces se llamaba filosofía. Qué decir tiene que todos hemos oído hablar de Aristóteles, de Platón, de Sócrates o de (más atrás en el tiempo) Tales de Mileto. La novedad de conocer fuera de los mitos del pueblo, fruto de la ignorancia, las prisas y la indiferencia (toma, como la prensa basura de hoy en día). ¿Por qué? ¿A qué se debe que esos seres humanos pudieran dedicarse al delicioso arte de la contemplación y la investigación?

Supongamos que nunca hemos pensado precisamente en eso. Sin embargo, seguro que recordamos aquella época como la dorada oda al ser humano en toda su gran cantidad de posibilidades. Blanca, pulquérrima e idílica. Sería lo justo, yo también lo creo salvando las distancias de la esclavitud, el machismo cerrado y otras. ¿Pues qué ha de pasar? Que Tales se puso a darle vueltas y vueltas, se fijó en las cosas y no se conformó con lo que le decían, pues en realidad nadie sabía a ciencia cierta y era más bien un Alguien el que desde nadie sabía dónde dictaba los inicios del universo y su esparcimiento. Pensar, pensar sin más. Sí, pero ¿por qué entonces? ¿Por qué no antes ni después?

Ignacio y Elena Casas Santero y Ana Martínez Arancón elaboraron en la introducción de Ideas y formas Politicas de la Antigüedad al Renacimiento una teoría acerca de esto y llegaron a la conclusión de que se trataba del fruto de las horas muertas de aquellos que habían acumulado suficientes riquezas como para vivir holgadamente y sin trabajar. O sea, unos vagos acaudalados que podían permitirse el lujo de perder el tiempo con tonterías. Y en realidad es la verdad. Nosotros mismos nos damos cuenta de que el eficiente trabajador y/o estudiante es aquel que no tiene tiempo para pensar ni plantearse las cosas que está pasando a su alrededor.

Qué quieren que les diga, me alegro de poder presumir de pereza en ese caso.
Imagen: Tales de Mileto.

domingo, 1 de junio de 2008

El Sartorio del Desatino

Aquí me encuentro por primera vez en este amplísimo mundo de la defenestración crítica de la Feliz Lengua, que espero que resulte entretenida a la vez que interesante.

La proclama de apertura se produce hoy día 1 de Junio, el mismo en el que hace 88 años entraba el dadaísmo en su primera exposición universal sobre un Berlín castigado, el día que en 1878 dio a luz a John Masefield y día de las fiestas en una pequeña localidad llamada Ayerbe.

Guardo en mi morada la llave de esta breve introducción.


El objetivo está escrito, pues no es sino el fácil juego de una Lengua Feliz de este Fausto vendedor de almas y honras, de vidas propias.

Un saludo de bienvenida a todos.

F.