
"...Incluso el anuncio televisivo de un detergente resulta difícil de entender: 'Limpieza total gracias a sus nuevos megatones inónicos de acción total y desinfección garantizada gracias a sus silicatos sintéticos de esporas de pino de acción protactiva, directo sobre las manchas'. ¿Qué es eso? El mago Merlín se tiraría por la ventana si oyese una cosa así. A estas alturas, el funcionamiento de nuestro cerebro es la mitad de complejo que el de cincuenta miligramos de detergente al entrar en contacto con el agua". (Mercado de espejismos Felipe Benítez Reyes p.9)
Dicen que el cinismo es uno de los motores del intelecto. La deflagración de las ideas, la incineración de sofismas aparentemente razonables de nuestra sociedad se ven constantemente atacados por su genialidad, siempre dentro de los cánones correctos del respeto y la sutil, y a veces impertinente, elegancia. No soy un cínico, la verdad. Pero respeto, tanto como en ocasiones admiro a los dandy ingleses que se andan pavoneando de la ausencia total de su interés por eso que los demás consideramos importante. Como si se tratara en realidad de un sabio monje budista asceta, que nada necesita, al que nada se puede dar, salvo lo que ya toma con su propia mano, del banquete aristocrático de su hogar de la abundancia.
Hubo un tiempo en que creía que consistía esa disposición que te lleva a las cosas, un significado que ya se lleva encima, como una doble piel, esa especie de alma inaprensible, invisible, que se diferencia tan sólo en la forma de andar y expresarse. Lo llamaría Oscar Wilde. Y es producto también del dinero, que hace que nos demos cuenta que, sin ser importante, lo es todo en la vida. Pero en el momento siguiente, el universo se abre más allá de los límites de la existencia y la necesidad de esa realidad paralela, a la que nadie puede acceder, y que tan sólo ella puede alimentar el mundo que, aparentemente lo que nos rodea, conforma.
Fotografía: Oscar Wilde con mi rostro.
C.
Dicen que el cinismo es uno de los motores del intelecto. La deflagración de las ideas, la incineración de sofismas aparentemente razonables de nuestra sociedad se ven constantemente atacados por su genialidad, siempre dentro de los cánones correctos del respeto y la sutil, y a veces impertinente, elegancia. No soy un cínico, la verdad. Pero respeto, tanto como en ocasiones admiro a los dandy ingleses que se andan pavoneando de la ausencia total de su interés por eso que los demás consideramos importante. Como si se tratara en realidad de un sabio monje budista asceta, que nada necesita, al que nada se puede dar, salvo lo que ya toma con su propia mano, del banquete aristocrático de su hogar de la abundancia.
Hubo un tiempo en que creía que consistía esa disposición que te lleva a las cosas, un significado que ya se lleva encima, como una doble piel, esa especie de alma inaprensible, invisible, que se diferencia tan sólo en la forma de andar y expresarse. Lo llamaría Oscar Wilde. Y es producto también del dinero, que hace que nos demos cuenta que, sin ser importante, lo es todo en la vida. Pero en el momento siguiente, el universo se abre más allá de los límites de la existencia y la necesidad de esa realidad paralela, a la que nadie puede acceder, y que tan sólo ella puede alimentar el mundo que, aparentemente lo que nos rodea, conforma.
Fotografía: Oscar Wilde con mi rostro.
C.